
LA HABANA, Cuba, agosto,
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-Por estos días decidí indagar en los alrededores de mi barrio, Centro
Habana, acerca de la opinión popular sobre el discurso de la víspera,
del general-presidente con motivo del aniversario 60 del asalto al
Cuartel Moncada.
Vecinos, parqueadores, taxistas, carretilleros, cuentapropistas de
bisutería, borrachines de portales (que también sus votos cuentan) y
conocidos del barrio, individuos todos de varias generaciones, fueron la
muestra elegida para pulsar los criterios “desde abajo”. Ellos, los
“beneficiarios” de la violencia de hace seis décadas, devenida fuente de
legitimación del poder, debían haber sido los más interesados en el
dicto oficial.
En vano. Ninguno de los preguntados había visto el acto, ni escuchado
el discurso. Tampoco habían presenciado la gala artística, y los más
guasones solo me dijeron que habían encendido el televisor en mudo en
espera de que se acabara la ceremonia completa, por eso habían visto en
la pantalla a “Raúl con uniforme y una pamela”. “No me preguntes nada,
dime qué te pareció a ti el General Pamela”, me ripostó muy risueño uno
de los interpelados. Es admirable el tino que tiene la gente común para
descubrir siempre lo más notorio de cualquier evento.
Muchos de los miembros de la oposición y del periodismo
independiente, en cambio, sí solemos escuchar los discursos oficiales.
Es un ejercicio de disciplina o de autoflagelación, según como se vea,
en el cual nos entrenamos para leer señales o para interpretar los
lenguajes cifrados de los druidas de verde olivo. Ante el secretismo y
lo errático de la política oficial no nos quedan muchas otras opciones
para al menos especular sobre las intenciones de la cúpula. Sin embargo,
esta vez nos quedamos con las ganas: el discurso del “General Pamela”
no aportó absolutamente nada.
Obviamente, solo los asistentes –invitados o comprometidos–,
castigados bajo el fuerte sol santiaguero, y los disidentes acomodados
en casa frente a nuestros televisores, tuvimos la infinita paciencia de
escuchar otra vez la machacona fábula de lo que en realidad fue el torpe
ataque a un cuartel de la República cubana, que volvió a glorificarse
como un acto de heroísmo sin par en la ceremonia más deslucida y pobre
que se haya organizado para la ocasión.
Los discursos de los “amigos” que asistieron al acto, algunos
presidentes y otras personalidades representantes de países del área,
estuvieron también a la altura de la cita: en el subsuelo. Saltaba a la
vista la ignorancia sobre la historia de este país, sobre la realidad
que vivimos hoy y sobre las huellas más dolorosas que sufren los
cubanos. Por eso no fue de extrañar, por ejemplo, que el Presidente de
Santa Lucía tuviese la desafortunada idea de recordarnos la
participación (injerencia) del gobierno de Cuba en África durante la
guerra de Angola, según él un “ejemplo de solidaridad y de sentimiento
de equidad racial” por parte del pueblo cubano. Algunos líderes
políticos de la región no entienden que a veces resulta más decente
permanecer discretamente callados.
En cuanto al discurso de clausura, destacó por lo chato. Sin ningún
logro que celebrar, planes que anunciar ni ideas que proponer por parte
del gobierno, éste fue, sin dudas, el más anodino de todos los
pronunciados en la historia del ritual que consagra la liturgia
revolucionaria, celebrado esta vez en un Santiago destruido tras el paso
de esos otros ciclones sin uniforme, los naturales, que lo han asolado
en los últimos cuatro años, y en medio de la embarazosa crisis
diplomática no declarada que se ha suscitado a partir de la retención en
Panamá del barco norcoreano que transportaba a dudoso destino armas
procedentes de Cuba.
Tal vez hubiese sido más propicio delegar nuevamente la incómoda
tarea en el delfín Díaz-Canel, en su función de emergente de turno, para
disimular con la “frescura” del relevo la decadencia que destiló la
conmemoración, pero seguramente la presión de un aniversario cerrado
forzó la presencia obligada de uno de los protagonistas de la gesta.
“Todavía quedamos algunos…” dijo el propio general-presidente, con
cierta justificada melancolía. Y esos “algunos” la tienen difícil, en
medio de la perenne oscuridad nacional, para seguir vendiendo el Moncada
como alborada luminosa.
Así, ante el ocaso que supone la falta de proyectos políticos o
económicos, la improductividad crónica del sistema, el fracaso de las
reformas y la apatía generalizada, quizás Castro II quiso desviar la
atención de la opinión pública estrenando para la ocasión una pamela de
sol que contrastaba fuertemente con sus planchadas charreteras de
general en uniforme de gala. Un toque de desenfado en medio de tanta
memoria estéril, que algo había de hacer para que los allí presentes no
se durmieran con el discurso. Lástima que, a juzgar por los comentarios
callejeros, el resultado no estuvo a la altura de su esfuerzo.
Pero no hay que ser suspicaces. Más allá del ridículo,
agradezcámoslo: esa inusitada pamela fue el único toque novedoso de toda
la ceremonia de consagración del pasado en una nación cada vez más
urgida de un futuro.
Posted by: "Comité Pro Libertad de Presos Políticos Cubanos"