
LA HABANA, Cuba, mayo,
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-Este año, los trabajadores cubanos desfilaron bajo el lema “Por un
socialismo próspero y sostenible”. En algunos letreros se leía también
la palabra “sustentable”. La ironía es doblemente graciosa. A estas
alturas, todo el mundo sabe que el socialismo real es enemigo de la
prosperidad. Y un socialismo sustentable debe ser –para los más
crédulos– una utopía, la quimera de un paternalismo de Estado sin
límites, ni fin.
¿Qué sostiene al socialismo sino el miedo, la desesperanza y la
represión? ¿Cómo puede ser sustentable una economía parásita, que ha
vivido aferrada de sus aliados políticos durante décadas, primero de la
Unión Soviética, y hoy de Venezuela?
¿Cómo puede hablarse en Cuba de un socialismo próspero cuando las propias vitrinas de propaganda están sucias y desbaratadas?
El
Hospital Docente Clínico Quirúrgico de 10 de Octubre,
conocido por los habaneros como “La Dependiente” -debido a su antiguo
nombre-, es una clínica vetusta, con pabellones en ruina. En estos días,
para el paciente hacerse un lavado de oídos, tiene que llevar el agua
caliente de la casa, porque se robaron las tuberías de gas que servían
para calentar el agua.
Nadie podría imaginar hoy el antiguo esplendor de “La Dependiente”.
Allí, la caseta de Información es una especie de armario desvencijado y
sin cristales. Todo se ve roto: los mármoles de escalinatas, los anchos
portales de granito, y los cristales nevados, con hermosas letras
iniciales. Por fuera, los pabellones evocan casas coloniales, y por
dentro, una fábrica abandonada.
En el hospital docente y clínico-quirúrgico Joaquín Albarrán
Domínguez, llamado popularmente el Clínico de 26, también hay que llevar
el agua de la casa, si quieres hacerte un lavado de oídos, aunque no sé
si por la misma causa. Pero todo es más moderno. Lourdes, acompañante
de un enfermo, recuerda que a finales de los años 70, o principios de
los 80, las salas de ingresos tenían duchas de teléfono, aire
acondicionado, cortinas y televisores en los cubículos. Pero, luego de
más de tres décadas, ha cambiado el panorama.

Hace
unos años, hubo que clausurar una sala de este hospital, debido al
pillaje y al saqueo desde el exterior. De tres elevadores nuevos, uno ya
está roto. No hay rejillas en los tragantes de los pisos y azoteas.
Cuando llueve, se forman charcos en algunas áreas del techo, por la
tupición de las cañerías. Desde las terrazas, la basura es arrojada
constantemente, y puede verse amontonada en el piso, en un tragante,
arriba del falso techo.
En las salas de ingreso, los baños no tienen espejos, ni duchas. Ni
siquiera se ve dónde pudo estar el caño de salida. Los azulejos están
rotos. La taza está empotrada en el suelo, sin tanque de agua, y hay que
descargar a mano. No hay picaportes, cerraduras, ni pestillos en las
puertas. De noche, los cubículos se cierran con tubitos plásticos de
suero, que se amarran por donde una vez hubo una cerradura. Esos tubitos
cumplen muchas funciones: sirven para hacer nudos en las puertas
(porque hay que cuidarse de los ladrones), o para hacer tendederas en
los balcones.
Muchas camillas del Clínico de 26 están fijas, porque no tienen las
maniguetas que varían la altura de la cama. No hay cortinas, ni
televisores, ni ventiladores, y algunos tubos de
luz fría están asegurados con presillas plásticas, para que no se los roben.

A favor, hay que decir que la comida es decorosa y se cocina en el
día: hay desayuno, almuerzo, comida, y meriendas. Sirven leche o yogurt,
según la dieta fijada al paciente, y un pan. Para las comidas, a cada
paciente le asignan un tipo de dieta: libre, blanda o reforzada. La
bandeja puede llevar arroz, frijoles, sopa, puré, huevo, pollo, alguna
verdura, y vianda.
La única cafetería del hospital solo vende ron y cigarros. Los
acompañantes pueden comprar en las afueras del hospital, desde una pizza
hasta una colcha de trapear. También se les puede comprar a los
vendedores ambulantes, que van por todas las salas, ofreciendo dulces,
galletas, o un calentador de agua.
El 2 de mayo, el Ministro de Salud Pública visitó el hospital. Ya
había estado allí la semana anterior. Al parecer, una funcionaria del
Comité Central estuvo recientemente acompañando a un enfermo, y le bastó
una noche para quedar escandalizada. Gracias a su condición, no fue
necesario “elevar la queja”.
Dicen que por eso mejoró la comida . También se vio a unos
trabajadores que sustituían los cristales de algunas puertas. Y mientras
en un cubículo había uno que estaba poniendo silicona, el otro, apurado
por seguir con las demás puertas, le dijo: “Oye, vamos, y el que lo
quiera mejor, que se vaya pa’l Yuma” (o sea, para los Estados Unidos).
¿Es sostenible una cultura del “no me importa” y del “comoquiera”?
¿Es sostenible la depredación económica y la autofagia cíclica?
Después de tantos años de consignas y decadencia, creo que los más
indiferentes deben aspirar a un socialismo “práctico y soportable”, y
los más optimistas, a un socialismo postrero, y superable a través de la
democracia.
Posted by: "Comité Pro Libertad de Presos Políticos Cubanos"