viernes, 2 de diciembre de 2011

Marabana: homenaje a Laura Pollán


30 DE NOVIEMBRE DE 2011





La libertad cuesta muy cara,
y es necesario o resignarse a vivir sin ella,
o decidirse a comprarla por su precio.
José Martí

Correr siempre ha sido un gusto que me acompaña. Es el momento supremo donde confluyen la creación literaria, anhelos personales y la lucha política (si definitivamente así hay que llamarle a los criterios personales y al derecho a la determinación personal). Ese espacio en que el organismo revoluciona sus células, expulsa la grasa, la sangre fluye con velocidad y barre los residuos de colesterol y triglicéridos: lo llamaría el momento de oficina, donde se resuelven los planes de trabajo y se planifica el futuro. Cuando practicaba en el Martí, campo deportivo en G y Malecón, en el momento que rebasaba la curva frente al edificio de la Casa de las Américas, imaginaba cómo haría la noche de mi posible premiación. Quería tener una actitud irreverente, y en las otras tres cuartas partes de la pista, continuaba preparando la trama de alguna creación en la que estuviera inmerso.
El día que fui premiado, estaba la plana mayor de la oficialidad cultural subida sobre el estrado, y escalé con mis hijos tomados de cada mano; tuve el gusto de pasar por delante de ellos y dejarlos con la mano extendida. Todo ocurría ante dos mil personas que observaban con suma atención. Sólo recuerdo haberme acercado a un profesor universitario de la asignatura de historia que era jurado en el género de ensayo, y abrazarlo con admiración. Lo curioso es que recuerdo con más placer y nitidez el momento en que planifiqué todo aquello corriendo por la curva de la pista, que la noche de la premiación.
Ahora, cuando me disponía nuevamente a participar en la maratón de los 21 km, sentí que no debía hacerlo sólo por el placer que brinda el atletismo. Esa necesidad personal de ejercitarme debía ir más allá de mí, alcanzar otros propósitos colectivos (La libertad no es placer propio, es deber extenderla a los demás. José Martí). Necesitaba defender una causa nacional. Quería correr con un pulóver que dijera tantas cosas. Pensé en escribir la dirección de vocescubanas.com, GeneraciónY.com, que recordara la inmolación de Orlando Zapata, La primavera negra, algo alegórico a las Damas de Blanco, exactamente que dijera LIBERTAD, que defendiera a los blogueros, que denunciara el derecho libre de todos los cubanos a la internet, que criticara la censura, la potestad de agruparse a lo que cada cual considere más oportuno, necesario y justo. También que recordara la estampida de intelectuales cubanos que ahora andan dispersos por el mundo, y la de millones de cubanos que han huido de la miseria, del sacrificio en vano y la mala política de la familia Castro. En particular por los once balseros de mi barrio ahogados en días recientes por intentar alcanzar la Florida. Quería decir tantas cosas. Comprendí que un pulóver no me alcanzaría para todo lo que necesitaba denunciar.
Y llamé a Yoani Sánchez y acordamos vernos en su casa. Cuando le expliqué mi anhelo no respondió, solo después de escucharme, se levantó para ir a su habitación, cuando regresó venía con el pulóver de Laura Pollán en sus manos. Entonces comprendí que en esa imagen encerraba todo lo que necesitaba gritar, exigir, mostrar.
La abracé junto a Reinaldo y quedamos que el domingo a partir de las 7 am, ella estaría pendiente de lo que sucedería con mi persona.
El domingo casi no pude dormir. Una ansiedad, como cada año sucede en la noche del Marabana, me torturaba; pero en esta ocasión era diferente. Sentía una responsabilidad mayor, máxime que apenas tuve tiempo de prepararme para la competencia. A las cinco de la mañana ya estaba ejercitando los músculos. Pasé a recoger amigos, hermanos masones que estarían pendientes de mí en varios puntos distribuidos por el circuito.
El cartel con el número lo mantuve sobre la foto de Laura casi hasta la arrancada. No quería correr el riesgo de que en medio de la multitud me arrastraran fuera para impedírmelo. Dos minutos antes de de la señal de salida, bajé el cartel que exhibía el número y la foto de Laura Pollán alumbró como el Sol que es. Varios jóvenes de escuelas militares de inmediato se percataron de mi intención y corrieron la voz, pero ya era tarde, con el aviso del inicio de la competencia perdían la oportunidad de malograr mi plan. Y comenzó una carrera de emoción, los movimientos convulsos, una ola que va tomando fuerza y anuncia el peligro por los empujones de los que están detrás que quieren comenzar a correr, instantes donde existe la posibilidad de ir al suelo y ser pisoteado por una estampida semejante a la de caballos salvajes.
Al principio hay que estar atento de no pisar al de adelante, ni recibir una patada del que pugna detrás de ti. No dejarte llevar por el paso de los otros porque una mala estrategia pudiera sacarte de la competición, mantener el paso y la respiración es vital. Delante siempre van los profesionales, los integrantes de los equipos nacionales, de las escuelas deportivas, y algunos ingenuos mal situados que por lo general terminan tirados al borde de la calle con raspaduras en las rodillas, los codos y el rostro por los empujones. La salida es en el mismo Capitolio, luego bajamos por Prado y nos recordamos de niños subidos encima de los leones.
Dos kilómetros más adelante ya cada cual tiene su espacio. La entrada al malecón es el mejor de los regalos. El mar se abre inmenso, peligroso y no puedo olvidar a los once cubanos de la barriada de Luyanó que hace un mes se lanzaron al mar y desaparecieron.
Un organizador del evento que ve en mi pecho la foto de Laura pasa el aviso. Quince minutos después, una guagüita blanca con la puerta abierta y dos hombres con el torso inclinado, se acerca lentamente. Cuando me descubren le avisan al chofer para que mantenga la velocidad a mi paso. Temo que me halen hacia dentro del microbús y decido acercarme al margen pegado al muro del malecón y así impedir que puedan acercarse. Al comprender mi estrategia se van. Media hora después se acercan en el mismo microbús pero con una cámara digital, y se mantienen quince minutos tomando mi imagen con la foto de Laura en mi pecho. Vuelven a irse.
También calculé que por la derecha repartían las bolsas de agua y refrescos, y que sospechosamente se agrupaban varios hombres, por lo que existía también la posibilidad que me retuvieran. Entonces comencé a correr en forma de S, para huirle al microbús y a los puntos de entrega de agua. Yoani Sánchez me llamó para saber cómo iba mi estado de ánimo y mi seguridad. Todo bien hasta ahora, le respondí. “Creo que no van a molestarte”, me dijo. “Dale muchacho, fuerza y hasta la meta. Estoy aquí al tanto. Sabes, que la cábala es sorprendente, vi una foto tuya que subieron en internet, y el número que llevas en el pecho, casualmente, es el año de nacimiento de Laura Pollán (13-2-1948). Suerte”. No supe qué responderle. Me parecía increíble que su propio espíritu lo hubiera elegido.
Al llegar al restaurante 1830, dejamos de ver el mar porque se comienza a entrar en la ciudad. Subimos la loma de la calle 12 del Vedado, que es la primera gran prueba de resistencia. Cuando rebasé la calle Línea, descubrí un operativo que intentaban ocultar, intentaban fingir que no me esperaban y no querían reparar en mí, pero a la vez, no podían ocultar la importancia o preocupación que les causaba. Miré dos veces atrás. Me había parecido que tenían algo ideado y pensé que lo habrían abortado por la cantidad de personas que se encontraban en la intercepción. Pero cien metros más arriba, justo en la posta de 13, la calle donde vivía Celia Sánchez y donde continúa residiendo la guardia personal de los hermanos Castro, descubrí que me estaban esperando. Entonces, asustado y con las fuerzas disminuidas, saqué el celular para fingir que estaba conversando mientras me acercaba a dos maratonistas canadienses que corrían cerca de mí y que los mantuve cerca por si intentaban algo. Tuve miedo, por supuesto. Pero nunca tuve otra opción, saber eso al menos era un aliciente. Se notaban indecisos, esperando una orden que les indicara el comienzo de la acción. Como continué simulando que hablaba por el celular, subí el tono de la voz, diciendo que todo estaba tranquilo, que me encontraba subiendo la loma de 12 y 13, justo en posta de unos de los cuarteles del Presidente.
Fue el minuto de más tensión en mi vida. Me dejaron seguir de largo. Pero el temor de que al bajar la velocidad sirviera para retenerme con más facilidad, me hizo mantener el paso de ascenso, algo que después de todo les agradezco. Desde ese momento una moto se mantuvo detrás de mí. Y doblamos por la calle 23, allí estaban esperando al pie de la guagüita con la cámara en mano. Me alejé unos metros. Y al llegar a Jalisco Park se hicieron los 10 km, gran parte de corredores se quedaron en ese punto al cumplir con la distancia de inscripción. Me llamó Manuel Fernández desde Madrid para decirme “hermano estamos al tanto de lo que pueda ocurrirte, no estás solo”. Mi hermana Mary llamó desde Miami asustada porque lo que podría sucederme. Nada peor que vivir sin libertad, le respondí.
Seguimos por 23 a buscar la calle 26, allí doblamos hacia la Ciudad Deportiva. A esa parte del circuito los maratonistas le pusieron el “cachumbambé”, por las múltiples curvas y lomas. A partir de ese momento una ambulancia se mantuvo cerca de mí, desde su interior varios hombres me miraban y sonreían con cinismo. Yo los ignoraba. La moto se mantenía detrás.
Al comenzar el ascenso de la loma del zoológico las piernas empezaron a flaquearme por primera vez. Un dolor subió desde el tobillo como si me estuvieran introduciendo un tornillo a sangre fría. Tuve vergüenza de no poder lograrlo. Y una voz me dijo: “No flaquees que el espíritu de Laura está contigo. Déjate llevar que ella te va a cargar hasta la meta”. Miré, y era un dulce anciano que hubiera querido saludar. Intenté mostrarle una sonrisa pero no sé si lo logré. Sólo recuerdo que las fuerzas aparecieron, y el tornillo en el tobillo comenzó a retroceder. Y sentí un himno dentro de mí. Imaginé a Laura Pollán caminando a mi lado con su gladiolo pegado al pecho. Los ojos se me pusieron llorosos. Y esa fuerza continuó surgiendo desde lo más profundo de mi ser, una explosión de luces pugnaba en mis venas. Las piernas volvieron a estirarse, los músculos se relajaron, y un organizador me dijo cuando pasaba por la Calzada del Cerro y 26 que llevaba buen paso.
En los siguientes segmentos de la carrera, varios “civiles” con cara de segurosos aguardaban en las aceras, y algunos tomaron testimonio desde sus cámaras fotográficas o celulares. El asedio de la guagüita fue más esporádico. Cuando llegamos a Carlos III me sentí en la meta, aunque aún faltaran unos pocos kilómetros. Varios amigos me llamaron preocupados y solidarios desde Miami, entre ellos los escritores Daniel Morales, Zilma desde España, Gume Pacheco, Torralbas, Amir desde Panamá, Lilo Vilaplana lo hizo desde Colombia para gritarme que estaba orgulloso de mí, de ser mi hermano.
Al pasar por el edificio de la Gran Logia me saludaron algunos masones que no comprendían qué hacía yo inmerso en aquel desgaste mientras ocurría momentos trascendentales en la historia de la Institución. Levanté el brazo feliz en señal de festejo.
Al bajar por la calle Reina una mujer me dijo que Laura se veía más linda que nunca. La palpé y el pulóver que estaba completamente mojado. Seguí el descenso y mi bombillo de energía personal parpadeaba. El Parque de la Fraternidad me pareció hermoso como nunca antes. “Vamos que ya llegaste”, me gritaban. “Dale que la trajiste como a la Caridad del Cobre, la virgen mambisa”, dijo otro. Algunos me felicitaban. Y todo eso me reconfortaba. Aunque quedaba la preocupación del final, si me estaban esperando para detenerme, pero sinceramente ya eso no me importaba. Llegar significaba que el susto ya había pasado. Mi cuerpo no vale nada, menos después de correr una distancia de 21 km. Desde Radio Martí me hicieron una pregunta, y aún tuve fuerzas de expresar que le hacía un homenaje a Laura Pollán, intentaba ser un grito de CUBA LIBRE.
Los últimos metros son los peores. La emoción imaginada se frustra por el cansancio. Al rebasar la meta un médico me pregunta si necesito asistencia. Niego. Me entregan la medalla. Y me dicen que entre por un pasillo oscuro que cruza la Polivalente Kid Chocolate. Hago como que voy a entrar y atravieso el pasillo del cine Payret y escapo.
Mis amigos me esperaban. Nos sentamos en el Parque Central, a los pies de José Martí y leí el texto que guardaba en mi bolsillo:


Hijo de Cuba soy, a ella me liga
un destino potente, incontrastable;
con ella voy: forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable

Con ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre.
Con ella iré mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre.

José Jacinto Milanés
(Carta enderezo de José Jacinto Milanés al poeta mexicano Ignacio Rodríguez Galván).




Nota no tan al margen:



Desde el mismo domingo del maratón, en horas de la tarde, la Seguridad del Estado visitó mi vivienda. Pero hace dos años que decidí abandonarla, desde que comenzaron los primeros “actos de repudio” frente a mi casa, busqué cobijo en espacios diferentes, soy un itinerante con laptop y cepillo de dientes. Desde entonces nunca duermo una semana en el mismo lugar. Siempre que me citan o detienen insisten en el lugar exacto donde pernocto. Y les enseño la dirección de mi carné de identidad. Luego del domingo han ido buscándome a casa de mi pareja y otros dos lugares que generalmente visito. Hasta ahora no han podido encontrarme. Antes que me detengan al menos necesito terminar algunos post para repudiar al régimen y desenmascarar su atroz dictadura.
Pero no sufran por la noticia, nunca he sido más feliz.
Ángel Santiesteban-Prats.

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