martes, 15 de noviembre de 2011

EL GUARDACOSTA AMERICANO (CAPITULO lll) Continuación


(32)
 
No se permitía fumar y los que los hacían, lo hacían a escondidas.
Pascual, el mismo que estuvo perdido a la hora de la partida y uno de los organizadores del viaje, protestó en forma descompuesta con un Marine, por una fosforera que le habían  decomisado cuando subió al Guardacosta. Lo hacía de una forma hóstil , desaforada y prepotente.. Daba la impresión de que él era el Jefe del Guardacosta.. Si  al marine, le hubiera dado por soplarlo, lo hubiera puesto en Cuba, sin necesidad de de un avión. A mí me molestó la forma en que reclamó, lo que consideré, una estupidez y una basura, por lo que le dije:
¡Oye, Fidel Castro te humilló, te maltrató, te metió preso, te quitó la libertad y tú no tuviste c…… para reclamarle nada, te metiste la lengua en  el  c…, así que cállate la boca, que lo que da es pena reclamar la mierda esa.. Estas muy viejo para hacer el ridículo que estás haciendo. Con esto estás demostrando lo que eres y lo que vales! Todo esto se lo dije muy enojado. Tal vez no esperaba que alguien le saliera al paso, por lo que se quedó atónito y sin decir palabras. No se podía ni se permitiría quebrantar reglas impuestas para  nuestra seguridad e integridad.. Talvez, en su escasa mente, albergaba la idea que su reclamo lo veríamos como una actitud valiente frente al americano. Me dio la impresión que el pensaba que el Marine quería quedarse (robarse) con la fosforera.¡ Que mente más entupida!. El ladrón piensa que todo el mundo es de su condición.
Nos pusieron un equipo parlante, donde escudábamos música y noticias. Odelito se hizo cargo del equipo.
Se suscitó una discusión entre Odelito y un balsero, de los que venían en la balsa detrás de nosotros, de apellido Yayo (Gibareño igual que Odelito) Estos eran tres hermanos y el susodicho venia con la esposa, la cual protestó por lo alto de la música, dando origen a la disputa. Por suerte todo se quedó en una discusión.
Sobre la 1 de la tarde nos dieron el almuerzo. Lo mismo del día anterior, es decir arroz blanco y potaje de frijoles negros.
Otra vez dos gibareños daban la nota discordante. Pipo, uno de los que vino en nuestro grupo,  y Marcos ( le decían Coca-Cola), comenzaron a discutir. Mantenían viejas rencillas y se fueron a las manos. Pipo, le dió un puñetazo que lo envió al piso. Por suerte el marine de guardia no vió nada de esto, pues de seguro les hubiera costado la deportación..
Este Sr. apodado Coca –Cola, tuve que llamarlo a contar, pues reclamaba una fosforera y un paquetico de galletitas. ¡Otro estúpido!.
Al poco rato, como para justificarse, me dijo que la fosforera era un recuerdo de su hija y que por eso la había reclamado. Le dije que eso eran cosas de seguridad y que no entendía que se hiciera un reclamo de la forma en que él lo había hecho. Por lo que veo estamos rodeados de”meroliqueros” y politiqueros de “Barriga.”
Estos tres personajes, Pipo, Pascual y “Coca-Cola,  posteriormente regresaron para Cuba. Estos últimos dos, estuvieron presos por los disturbios ocurridos en la Base.
Si estos “Guapos”  y  protestantes de fosforeras, hubieran tenido coraje para protestar por las injusticias que se cometen a diario por el régimen de Fidel Castro, de seguro nuestro país fuera otro.

Continuará


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lunes, 14 de noviembre de 2011

EL GUARDACOSTA AMERICANO (CAPITULO lll) Continuación



(31)
                                                                                  
Traíamos un médico a bordo, que al final resultó ser un “sanitario”, el cual atendía nuestras necesidades de medicinas y dolencias.
La comida (cena) la sirvieron sobre las 6pm. Comimos  lo mismo que en  el almuerzo, pero con trocitos de carne, que más bien parecían calamares. Estos “manjares” me tenían algo confundido, pues no sabía, a cien si a cierta, lo que estaba degustando.
El mar continuaba furioso, pero a pesar de estas inclemencias del tiempo, nuestro “coloso marino” se mantenía imperturbable, majestuoso y estable, aunque algo lento.
Llegó la noche, y muchos de los balseros se reunían para charlar y relatar sus experiencias vividas en el mar...Un Sr. de la Habana, relató la historia  ocurrida durante su travesía y realmente me resultó conmovedora: Salieron 7 personas  por Guanabo, La Habana, el día 23  de agosto de 1994. En horas de la noche del día 25, fueron sorprendidos por un mal tiempo. La balsa fue virada al revés y sus ocupantes cayeron en las oscuras aguas. Sólo alcanzaron la balsa tres personas, el resto desapareció en las turbulentas aguas. Estas tres personas venían atadas a una soga por la cintura, que a su vez venía amarrada a la balsa. Los tres sobrevivientes fueron rescatados el  31-8-94,  a 12 millas de la Florida.
Otro Sr. narró, que después de 8 días de navegar en el mar, uno de los que venían en su balsa (4 en total),  se paró y salió caminando en busca de un supuesto barco que estaba cerca. Este hombre no se volvió a ver más, desapareció en el mar.
Así se escuchaban anécdotas de  de los horrores vividos durante la travesía. No pocos habían confrontado problemas durante el viaje suicida.
Sobre las 10 de la noche del día 1ro de septiembre de 1994, sentí que el Guarda Costa detuvo sus máquinas y, después de 30 o 40 minutos, comenzaron a subir “Balseros”. Fueron 8 los rescatados esta vez, y habían salido de “Gibara” en una lancha de 19 pies con motor, llamada “11no. Festival”. Salieron  el día  30 de agosto  de 1994, y no presentaron mayores problemas..Todos los gibareños que salieron por la “Palometa” se reunieron con este grupo, para saber lo que se decía y sucedía en su pueblo.
Sobre las 11 de la noche me acosté, pensando en mis seres queridos y en mi “incierto futuro”. Pensaba que no tenía familiares en USA que pudieran “tirarme un cabo”   y por las cosas que se decían en Cuba, además no sabía qué tiempo permanecería en La Base de Guantánamo; me iba a ser difícil rehacer mi vida. ¡Bueno, ya buscarán la manera de sacarme de la Base, no creo que me dejen solo.  Pensé.
A las 6 de la mañana del día 2 de septiembre de 1994 me desperté. La mañana estaba nublada y el mar estaba embravecido. Pensé en todos los cubanos, que seguramente se encontraban tratando de escapar de la Isla en estos momentos,  y que con este mal tiempo les iba a ser difícil salir airosos de  su osadía.  A Causa de la inclemencia del tiempo el Guardacostas disminuyó, aún más, su velocidad. Comenzó una pertinaz llovizna, la cual cesó 20 minutos después.
Sobre las 7:30am, dieron el desayuno. ¡Harina de nuevo!. Me comí la mía y la de Odelito. ¡Tenía un hambre que me comía cualquier cosa!.

Continuará


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sábado, 12 de noviembre de 2011

EL GUARDACOSTA AMEERICANO (Capítulo lll)



(30)
 
                                                          CAPITULO III

                                        EL GUARDACOSTAS AMERICANO

Cuando subí al Buque americano, me entregaron una frazada, almohada y se me puso una manilla plástica en la mano derecha. Esta tenía un número. A mi  me tocó el 68.  Para desayunar,  almorzar y comer debíamos enseñar este número, el cual iban anotando en una lista. A todos les hacían  lo mismo.
Nos trasladaron hacia la Popa de la embarcación. En esta parte del navío venían unos 100 balseros más, los cuales habían sido recogidos  en días anteriores. Eran de Pto Padre, Camagüey, Matanzas, y  la Habana... Después que fue recogido el último balsero, la lancha fue subida al Guardacostas y enfiló proa hacia   La Base Naval de Guantánamo. Emprendíamos un involuntario viaje de regreso a Cuba.
Todos estaban tirados en el piso. Me acomodé como pude y me acosté entre ellos.
Amaneció, era el día 1ro de septiembre de 1994. Un soldado, o mejor dicho un marino, cuidaba nuestro sueño y evitaba que pudiéramos salir del área a la que habíamos sido asignados. Era la primera vez que veía a un marino estadounidense y muy por el contrario de lo que se dice en Cuba, me pareció una persona educada y amable y muy atenta a nuestras necesidades. Vestía un overol azul, kepi y botas altas, no portaba armas y traía un boqui-toqui.
Con nosotros se comunicaba un oficial de origen cubano de apellido Pérez.  Tendría unos 39 años de edad, de mediana estatura, algo pasado de peso llevaba gafas oscuras.  Vestía pantalón azul, camisa beige, kepi y en el bolsillo izquierdo de su camisa traía una medalla y placas condecorativas  ganadas en la guerra del Golfo. Había salido de Cuba, cuando tenía 5 años de edad. Ahora parecía un auténtico americano.
Se improvisó un servicio sanitario con frazadas y como letrina se utilizaba un cubo. Esta parte del Guardacostas estaba resguardado por una lona que servía de techo y nos protegía del sol, la lluvia  y el sereno.
En la Proa  de la embarcación, venían unos 100 haitianos, con el mismo destino nuestro: “Base Naval de Guantánamo”
Por estos días se había desatado un fuerte éxodo de ciudadanos haitianos hacia los Estados Unidos  y eran, al igual que los cubanos, interceptados en  el mar y llevados para la Base. No los veíamos, pero escuchábamos sus voces.
Sobre las 8:30am, se nos trajo el desayuno. Era una especie de harina, pero no de maíz, sino de un cereal insípido, no era dulce, ni salado. ¡Sabia a rayos! ¡Cómo, en esos momentos, añoré la harina de maíz que me hacía la viejita María, en los días que visitaba a Holguín!
Sobre la 1 de la tarde fuimos pasando uno a uno, en la misma área, para recoger el almuerzo. Nos sirvieron los mismos marinos en un plato plástico, cucharita plástica y un vaso  de cartón, para tomar agua.
Almorzamos: Arroz blanco  y potaje de frijoles negros. Estos daban la impresión de ser enlatados, por el sabor extraño y lo espeso del condumio. Al mezclar el potaje con el arroz parecía un congris y no un arroz con potaje como el que estaba acostumbrado a comer. El agua la tomábamos de un termo que pusieron a nuestra disposición.

Continuará

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viernes, 11 de noviembre de 2011

"EL CARIB TRADE" CAPITULO ll (Continuación)


(29)


¡Cosa curiosa!  Habíamos  navegado más de 70 millas sin ningún tipo de protección  o seguridad y ahora para navegar 300 mts se nos protegía  con un salvavidas.
Fui uno de los últimos en dejar el “Carib Trade”. Junto a mi  venían  Sandra, Tony, Paquito, Alexandre y Andrés. La capacidad total de la lancha era de 10 personas, incluidos sus  4 tripulantes. Bajamos por la misma escalerilla que habíamos utilizado cuando fuimos rescatados.
Uno de los marinos de la lancha me saludó en español y me acomodó en uno de los asientos laterales.
Nos íbamos satisfechos y complacidos del trato recibido y del comportamiento de toda la tripulación del “Carib Trade”.
En nuestras mentes y nuestros corazones  quedarán grabados para siempre  los  nombres  del Carib Trade, Enrique, Osvaldo, Luis, Manolo, Ernesto, en fin de todas las personas que salvaron las vidas de 33 balseros cubanos, que huyendo del infierno comunista cubano, estuvimos a punto de perder nuestras vidas en  el Estrecho de la Florida, en busca de libertad.

Continuará

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La odisea del ferrocarril

                                                                             Por: Leannes Imbert

LA HABANA, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – A pesar de que Cuba fue el tercer país del mundo, y el segundo en América, en tener ferrocarril, hoy estamos en uno de los últimos puestos.
El ferrocarril en Cuba se ha convertido en una de las cosas más desastrosas de este gobierno. Viajar en un tren cubano es una verdadera Odisea. De hecho, creo que Ulises preferiría mil aventuras como las que vivió, a pasar 20 ó 30 horas en un tren Habana- Guantánamo.
Viajar desde La Habana hasta Guantánamo, o viceversa, en tren, es algo estresante, agotador y, peor aún, humillante. Además de las cucarachas, el mal olor de los baños, el calor, el agua -si llueve- y la incomodidad de los asientos, hay que lidiar con unos impertinentes policías que pasan todo el viaje revisando a cada uno de los pasajeros en busca de café, leche, queso, chocolate, frutas y viandas, que los orientales tratan de transportar para vender en la capital y poder así subsistir.
Las locomotoras chinas que tienen que arrastrar cada día 10 y 12 vagones, llenos de personas, ya se niegan a andar. Durante todo el viaje los maquinistas tienen que ir dándoles mantenimiento para que, al cabo de un día y medio, los pasajeros lleguen a su destino.
“Si el gobierno –comentaba una señora que viajaba a mi lado en el tren de regreso de Guantánamo- dejara de invertir tanto dinero en los policías que manda por montones a La Habana y se dignara a arreglar o comprar nuevos trenes, no tendríamos que viajar como si fuéramos ganado¨.
Madres desesperadas por el llanto de sus niños pequeños, embarazadas, ancianos que muchas veces se infartan o sufren crisis de hipertensión en el camino, por el viaje agotador. Miles de personas que no pueden comprar un pasaje en avión, llenan a diario estos trenes que, a duras penas, los llevan a las distintas provincias del país, sin que los miembros de la élite que nos gobierna sientan el menor remordimiento mientras viajan en los cómodos asientos de un avión.
¿Será que no se pueden destinar algunos de los fondos que van a parar a las arcas del gobierno a la reparación de los trenes y las líneas? ¿Es mucho pedir que el Estado garantice que sus ciudadanos puedan viajar en tren con las condiciones mínimas que merece un ser humano? Con un baño decente, la posibilidad de comprar algo que comer, y vagones donde puedan estar a salvo de la lluvia y las cucarachas.

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Lucir el Celular

Por: Luis Cino Alvarez
LA HABANA, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – Refiere Isabel Allende en su libro “Mi país inventado”, que después de la dictadura militar, los chilenos se volvieron pretenciosos. Se puso de moda ser rico o  aparentar serlo. “He oído que un buen porcentaje de los teléfonos celulares son de madera, sólo sirven para jactarse”, comentaba la escritora chilena.
La historia de Isabel Allende sobre los teléfonos celulares de madera me recordó el caso  de un muchacho de 16 años de mi barrio que se antojó de comprar un celular como si en ello le fuera la vida.
Para poder pagar los 90 dólares en que le vendían un sofisticado móvil Motorola que tiraba fotos y grababa (una ganga aunque estuviera usado, decía él), pidió a su familia el dinero, que explicó, necesitaba para comprarse zapatos y ropa. Claro, debía ser de marca. O imitación de la auténtica, de la que venden los merolicos. “Ya soy un hombre y no puedo vestirme con esta ropa tan fea, porque las muchachas ni me miran”, argumentó.
Así, el muchacho logró que, entre pucheros y tragando en seco por los sacrificios que tuvieron que hacer, el padre le diera 75 pesos convertibles y el padrastro 15. Ambos pusieron el grito en el cielo cuando vieron que el chico invirtió el dinero no en ropa y zapatos como había dicho, sino en el celular que, para colmo, no se pudo decodificar.
Al muchacho no le importó. Sólo lo quería “para especular delante de las muchachas”, dijo. Lo llevaba orgulloso a la cintura, le servía para jugar, escuchar música  y a menudo, timbre programado por medio, simulaba que respondía llamadas. Unos meses después, cuando el hambre le apretó, vendió primero la funda y luego tuvo que vender el móvil en mucho menos de lo que le costó.
No creo que  mi vecino sea el único de los que veo por ahí, sobre todo en guaguas y lugares públicos, que fingen que conversan a través del móvil. Los teléfonos celulares, desde que hace unos años el gobierno autorizó su venta, se han convertido en un símbolo de status entre los cubanos. No importa que la mayor parte del tiempo no haya los 10 dólares para pagar la tarjeta de CUBACEL GSM, los 5 que vale la recarga mínima o que ni siquiera tengan línea, a pesar de que recientemente rebajaron su costo.
En muchos casos, los celulares se utilizan como beepers. La gente mira el número que marca la pantalla para ver quién llama y corre a buscar un teléfono público o de alguna casa.  Los más corteses, cuando suena el celular, responden  “yo te llamo ahora” y apagan inmediatamente. Otros pasan breves mensajes de textos que son más económicos, 16 centavos de dólar, que equivalen a poco más de tres pesos cubanos.

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Hablando de leche

                                                                 Por: Alberto Méndez Castelló

PUERTO PADRE, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – Si usted es de los turistas que viene a solearse por acá, cuando se incorpore a la carretera que va a Villa Covarrubias, deténgase poco después del anuncio del motel, justo al pasar el primer puente.
Al cruzar el río, y ya aparcado, observe a su derecha, pero no se le ocurra sacar una cámara y tomar fotografías. Según el artículo 97.3 del Código Penal puede ser acusado y enfrentar una sanción de 5 a 20 años de cárcel por espionaje, porque se encuentra en una zona militar. Sólo venga, mire, y trate de comprender.
Si al bajar de su auto ve un tanque o un cañón de largo alcance disparando no se asuste, que los artilleros se la pasan jugando a la guerra; y por supuesto ustedes, los  turistas, yendo y viniendo del aeropuerto a la playa y de la playa al aeropuerto.
Pero venga y mire. Se le perderá la mirada ante el verdor, no de un bosque, sino de los más tupidos matorrales que pueda imaginar. Son miles, millones de arbustos espinosos. Son tantos, que al otro lado, al final de lo verde, está el mar, y los barcos pasan sin peligro lejos de los blancos de los cañones.
Luego de observar el extenso matorral, le propongo hacer una abstracción: imagine ese terreno cubierto de pasto, y sobre él, el ganado pastando, en lugar de los soldados con su artillería correteando por entre los arbustos espinosos.
Hace 50 años, sobre esta extensión de tierra no había un solo arbusto espinoso, sino miles de hectáreas de pasto natural y artificial, en las que pastaban centenares de cabezas de ganado.
Justo después del otro lado del puente, desde donde se puede observar el extenso terreno baldío, comenzaba la propiedad del viejo Julio Queral; 50 caballerías donde pastaban mas de  mil reses y algunas vacas selectas importadas de Estados Unidos.
-Pasé tremenda pena con el viejo Julio -relata Luis Iglesias, septuagenario residente en la zona-. Estaba en el parque contando lo que producían las vacas que su hijo Mario había traído de Estados Unidos, y le dije: ¡Qué guayaba!, y el viejo se me encaró: “Mañana lo espero en la vaquería y no comienza el ordeño hasta que usted llegue”.  Oiga, ¡más de 30 litros daba cada vaca de aquellas! ¿Y sabe a dónde fueron a parar después que el gobierno las confiscó? A un matadero, porque dijeron que estaban enfermas.
Pero la ruina de la ganadería en Cuba data de una época posterior a las expropiaciones. Todo lo que se realiza en el país se basa en campañas de propaganda; y sí, las vacas como Ubre Blanca tuvieron su  época de esplendor socialista. Como la tuvo el azúcar cuando la zafra de los 10 millones, o la guerra en Angola, o la batalla por el niño Elián, o la de las ideas por el Socialismo del siglo XXI, con sus miles de tribunas y discursos.
Mire usted esos matorrales espinosos, y aunque el General Raúl Castro dice que aquí hay tierra para que las vacas pasten y produzcan leche para todo el que quiera tomarse un vaso, dígame usted, que viene a gastarse sus dólares en la isla, ¿qué cree del asunto?  ¿Aparecerá de verdad el vaso de leche en Cuba de entre esos matorrales, o será sólo la perorata de un General hablando de leche?

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